Para siempre…

Nuestra historia terminó como en esos libros románticos que me gusta leer, pero sin final feliz, porque –como a Emma Bovary– me alcanzó la realidad y me aplastó, con delicadeza, eso sí, para que sintiera el peso, siempre el peso, de lo que no será. Para que me quedara claro que nunca podré volar.
No hubo un para siempre, ni una promesa siquiera de volver a vernos. Las promesas no sirven de nada, si no van a cumplirse y yo simplemente no podía prometer nada. Caminamos una última cuadra tomados de la mano, apretados el uno contra el otro, en silencio, oyendo el ruido del tráfico sobre la avenida. Una cuadra que me pareció muy breve, no quería soltarte, no quería llegar a la esquina, no quería… Pero no había más camino que recorrer juntos, así que sólo tomé tu rostro con mi mano derecha y murmuré un “te voy a extrañar”, después te di un beso, no fue un beso apasionado, fue un beso en el que volqué lo que quedaba de mi amor. Necesitaba tocar tus labios para guardar el sabor bajo mi lengua.
Así se acabó una historia, y caminé con mi cabello rojo al viento enjugándome las lágrimas con el dorso de la mano y un adiós clavado en la garganta. Las gotas de lluvia resbalaban por mis brazos desnudos, pero en mi cabeza sólo sonaba la frase: “Si se acaba la gasolina, me muero”. La gasolina se me había acabado. Sin darme cuenta, sin pensarlo, sin estar consciente de que el corazón me había dejado abandonada en un desierto. Me detuve a mitad de la calle y miré mis manos. Entonces lo supe, extrañaba tus manos, su sensación de seguridad, tus dedos finos, con ese anillo que te hacía mío. Extrañaba rozar tus manos, sentir tu piel en mi piel, a través de tus manos. Pero ya no llevabas el anillo esa última vez que te vi; el vínculo estaba roto, aún así, tomé tu mano y me abracé a ti para caminar con la auténtica sensación de estar unidos, aunque fuera por un breve tramo, por una calle que recorrimos mil veces y que ahora adquiría un nuevo significado.
Estaba sola, de pie a media calle, abrazando recuerdos en medio de las ruinas de nuestra historia y una lluvia de primavera mojando mi cabello. El mundo se había derrumbado a mi alrededor y yo me había quedado apaciblemente sentada mirando el caos. Se me acabó la gasolina y no estaba muerta. Cómo seguir caminando con el corazón congelado entre las manos, con la boca llena de te amos insípidos y devastadores. Cómo seguir.
Las lágrimas se derramaban por mis mejillas, humedecían mis labios y me ardían los ojos. En ese instante sólo me quedaban lágrimas y soledad en una libertad no pedida.
Cerré los ojos, mientras la brisa me rasgaba la piel. Quería desaparecer, caer petrificada. Abrí los ojos y miré el paisaje frente a mí… Era tiempo de iniciar otra historia, aunque el roce de tu piel en mi piel quedara impregnado para siempre…

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