pimienta

Pimienta

La conocí en el invierno. Amarilla, radiante, bailando en los destellos lunares que se cuelan por las rendijas de su ventana. La visito cada mañana en la memoria, su voz aguda y dulce con las palabras exactas para atrapar al dolor en burbujitas saladas. Su perfume me cautiva en donde quiera que la pienso.

A Pimienta le gusta la música, sus sueños solían ser partituras donde los unicornios jugaban entre las flores caídas del otoño. Siempre estaba cantando. Risueña, mostrando todos los dientes. A veces su abrazo cándido roza mi piel con murmullos.

Aquella tarde creí que la había olvidado, no pude encontrar su mirada entre mis recuerdos. Sus ojos cafés no estaban en mis pensamientos, no pude verlos. Lloré. La noche invadió el firmamento sin su mirada, y esos brazos que comenzaban a esfumarse, ahora perdía sus brazos delgaditos, dorados. La cabeza me daba vueltas tratando de no dejarla ir. Sus labios, ¿dónde están sus labios? La boca carnosa de ave amarilla.

El estridente timbreteo del teléfono. Salgo de mi mente sin sus labios ni la piel, sin aquella boca húmeda y sin su mirada. El RINGRINGRING rompe el silencio y me obliga a mirar el auricular con odio.

Contesto de forma altanera. De pronto toda ella vuelve de golpe bajo mi piel. Su voz al otro lado de la línea. Enmudezco. Mi nombre en silbidos llenos de la misma fantasía que me persiguió seis años.

–¿Pimienta?

Escucho el nombre de un parque y una hora. Reencuentro sus pómulos, sus senos redondos. La escucho gemir hundido en su sexo. Pimienta. Cuelgo. Entro al baño y mojo mi rostro. En el espejo se refracta una parte de su nariz afilada, de sus hombros desnudos. Siento un palpitar en la entrepierna. Repito el nombre del parque.

Suena el despertador. Entro a la ducha. El agua fría eriza mis poros. Me visto de manera mecánica: pantalón de mezclilla y la camiseta con la leyenda “Fatboy slim”. Aún recuerdo ese concierto, la emoción de mi pequeña ave.

Salgo corriendo para abordar el autobús de las 9 a.m. Pi-mi-en-ta. Pimi-enta. Pi. Pego mi rostro al vidrio. Sus plumas amarillas jugueteando entre mis dedos. Sentir su voz, sus murmullos en la candidez de un cuarto oscuro. Madrugadas de acero partiéndose en sus ojos. El parque. Toco el timbre y las puertas se abren. Pimienta está en la esquina con su sonrisa instalada en el borde de los ojos. Me saluda moviendo sus alas. Corro hacia ella. Corro.

Abro los ojos. Tendido, respiro con dificultad. Murmullos. El rostro de Pimienta aparece de pronto. Sus ojos de miel caen sobre mí. Intento tocar sus mejillas, me detiene una barrera fría. Golpeo con fuerza al aire. Pimienta se acerca más y más. Su cara contra mis manos a través de esa línea invisible. Una neblina espesa rodea mi cuerpo, me traga lentamente.

Pimienta cierra los ojos, la escucho tararear algo que parece un arrullo. Su silueta enfundada en un vestido negro y vaporoso. Mi cuerpo se pierde en la niebla blanquizca. Alcanzo a ver su dedo índice dibujando las letras de mi nombre antes de desvanecerme bajo la lápida.

Leticia Ortega Zwittag

EL LIBRO Y SU AUTOR
CUENTOS
Selección de Betty Goldman y Enrique Epelbon
CREACIONES LITERARIAS

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Una Respuesta en “pimienta”

  1. kedó bien bien fregon

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