dejemos a los otros…

Tila en la ventana

A lo largo de los años he tratado de basar mi filosofía de vida en el sabio dicho: “no hagas lo que no quieres que te hagan”. A veces sirve, a veces no. Por lo visto, mi “lógica” ante determinadas situaciones está fuera de contexto. Existen ciertos casos en que doy por entendida la “prioridad”, pero –supongo que– la definición de “prioridades” para todos es distinta y, al final, siempre quedo como una egoísta que no entiende nada (y tampoco entiendo quién dijo que siempre tengo que ser la que se aguante y diga ‘no hay bronca’, a pesar de que algo me moleste).

¿Cómo evaluar la importancia de las cosas? ¿Cómo saber quién tiene la razón ante una sarta de argumentos que parecen indicar que ambas partes están en lo correcto? Yo suelo poner mis prioridades en orden de obligación-personas-tiempo. Por ejemplo, cuando se trata de chamba uno no puede anteponer otras cosas (por capricho), a menos que sea algo urgente-familiar-vida o muerte, pues de lo contrario, uno puede quedarse sin trabajo (lo que, en casos como el mío, resultaría catastrófico).

Por otro lado están los compromisos. Sí, eventos a los que uno está “obligado a ir”, como bodas, graduaciones, fiestas familiares, etc. Sin un buen pretexto la inasistencia resulta imperdonable y desemboca en fuertes problemas, de los cuales es casi imposible librarse durante el resto de nuestras vidas.

Y, finalmente, quedan las decisiones que uno toma de acuerdo a lo que quiere hacer, las personas con las que se quiere pasar el tiempo, los planes mismos… Hay puntos en que las cosas dependen de tantas variables que es imposible tener un control, entonces ¿qué hacer?, ¿cómo decidir? ¿Qué es más importante, ir al cine con el novio o ver al amigo que está de visita? Pareciera que todo tiene una solución fácil, uno puede decir: ¡vamos al cine otro día! Pero he aquí que las variables nos juegan sucio, qué pasa si ya alguien gastó en boletos de cine, si el amigo que nos visita está atrapado en compromisos que no puede eludir. A veces parece que todo lo que hacemos o decimos invariablemente herirá a alguien… ¿cómo decidimos a quién herir?

¿Es válido plantar a tus amigos, si el objeto de tu deseo te habla de pronto porque quiere verte, aunque te haya cancelado ya tres veces antes? ¿Tus amigos tienen el deber de aguantar que siempre una vieja o un güey sea más importante? ¿Un amigo tiene prioridad sólo por el hecho de vivir en otra ciudad? ¿Cómo saber qué es tiempo de calidad? ¿Cómo campechanear sin que alguien se sienta mal? Y lo peor es que la mayoría de las veces “la decisión” no viene sola, arrastra tras de sí circunstancias que van complicando lo que hacemos y decimos, e, invariablemente, nunca quedamos bien, aun con una serie de excusas y pretextos que avalen el porqué de nuestra elección.

Tal vez el error sea nuestro egoísmo, el pretender que todos nos entiendan, que vean las cosas desde nuestra perspectiva o que sientan lo mismo que nosotros. Tal vez el error es no adecuarnos a los otros, sea cual sea el “peso” de las acciones. Tal vez lo mejor sea dejar que los otros decidan, los aptos, los valientes y uno, simplemente, se deje llevar por la marea de bifurcaciones que los otros crean…

A veces quisiera ser como Marla, la gran turista de las dolencias de otras vidas.

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