Jan 7

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La verdad sueña mentiras eternas, llenas de palabras cursis y ajenas, ausentes de dolor involuntario, perseguimos un “te quiero” y un corazón que nos permita creer para sobrevivir. La vida, torrente de sangre anaranjada, sin nutrientes o vagos deseos, se despabila con el canto del gallo y revienta un día más ante los ojos enceguecidos por la luz. La esperanza de alas rotas se lame las heridas, no queda más vacío que un mar salado bañando las entrañas. Atardece en las pupilas, en las marcas del rostro, en el sexo y la piel, y seguimos vacíos, solos. Gritamos dentro de nosotros mismos, nos lloramos con quejidos lastimeros. Acicalados cruzamos el periférico sin mirar a los lados, sin sonreírle al tragafuego de la esquina. Sin monedas en el bolsillo caminamos, como si las calles fueran alguna salida. Abordamos un autobús suspirando por un destino, sin tener a dónde llegar. Olvidamos comer, olvidamos que existimos para dejar de pensar en su nombre, sus ojos miel de ámbar (bastan cinco letras y una invitación para evocar a mi demonio). Acariciamos al gato, ronroneamos en el sillón. Ignoramos el abandono y la voz de la tristeza, aunque repita inagotablemente la historia. Encerramos sin recato ese trocito de fe, que no muere, en el botiquín del baño. Y cae la noche, como cae siempre a las 7 en punto. Encendemos el estéreo en la misma canción, esa catarsis que nos permite liberar lágrimas. Nos arropamos cuidadosamente y jugamos a sentir frío, a sentir el latido. Jugamos a que mañana será un nuevo día. Y el gato se ríe, sin que nos demos cuenta.

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