Y te miro atrapado en mis recuerdos, hasta en los ratos de olvido, te miro desdibujando mis sonrisas. Con tu voz pidiendo mi voz. Estás atrapado en mis pesadillas, jugamos a perdernos en tanto vacío roto por el ruido cotidiano. Escapamos, de nosotros mismos. Y te recuerdo como si nunca te hubiera conocido, con defectos inventados para compensar el dolor avenido con tu nombre. Pongo tus discos, me gusta regardearme en tu música, en el sonido golpeteante de las baquetas contra el metal de los platillos. Estoy tan sola como las letras de mi nombre en el corazón partido que dibujé en el árbol. Repito las cinco letras de tu nombre hasta hartarme, hasta obsesionarme y gritar como loca mientras tus ojos ámbarmiel me oscultan con curiosidad en mis profundos pensamientos. Y te sé olvidándome, jugando con las manos de cualquier mujer. Y dejo de ser mujer, me convierto en un torbellino de miedo, en un trapo de cocina cubierto de cochambre. Me cae encima la noche, desglozando tus partes, tomando píldoras para dormir y no soñarte, no traerte a mi mente al cerrar los párpados. Y tu nombre a la mitad del año. Cómo olvidar esa palabra durante 31 días. Nunca te amé, pero tu risita alocada está siempre. La soledad de casa, lluvia dentro del techo. Gotas musicales es todo lo que conservo. Algunas fotografías donde no estamos juntos, algunos tangos que escuché sola, entre las cortinas azules de tu cuarto. Las orillas teñidas de azul y tantos delfines, delfines deslizándose en mi cuerpo desnudo, expuesto a tu respiración cansada. Y los besos, tantos besos que nadie podrá compensarlos. Besos cálidos, húmedos, la saliva templada y bajo ella tu respiración cansada. El corazón con un clapclap ligero, como tu vida entre mis dedos destemplados. Y te tuve por un instante que eternicé vanalmente, que eternicé sin preguntarte. Y tu nombre que me recuerda a mi escritor favorito, y tu nombre de cronopio. El mar en las arenas de tus ojos. Me siento a vomitar las voces que mi cerebro recrea. Me siento a leer las cartas que nunca escribirás. Me siento a esperar el fin del tiempo, de un tiempo que no me importa más desde que tu boca no murmura mi nombre entre dientes. No sé en qué momento desperté del sueño. Sigo de pie, asomada a la ventana, esperando a la esperanza… fue por el pan hace poco más de tres semanas. El psiquiatra dice que un muerto no puede tocar la puerta. Por eso, dejo entreabierta la ventana.
05/25/04





