¿Y si dejamos que el destino nos guíe?

Se me rompió el amor, de pronto, tal vez lo dejé caer sin darme cuenta y ahora está roto entre mis manos. Se escurre y forma bolitas, como mercurio, por mis dedos. El amor, siempre tan importante, tan necesario, ése que quiero encontrar en tus ojos, ése que creí ver, tal vez entre sonrisas, tal vez un amor imaginario que brotaba de tus poros y me hacía sentir que la esperanza no podía morir, si me refugiaba en tus brazos.

25982407000_558b0f0f56_b¿Se nos acabó la magia? ¿Se nos acabó la ilusión? ¿Ya no subiremos más tantas escaleras para refugiarnos y fundirnos en el sillón rojo? ¿No volveremos a tomar nuestras manos en el cine, sonriendo para nosotros mismos, con besos en el cuello y el aroma de tu loción llenando mis pulmones? ¿Se acabó el sueño y despertamos a la noche fría de ese adiós que no quiero pronunciar? ¿Llegamos al final de algo que ni siquiera comenzó?

¿Lo nuestro está tan roto que ya no se puede reparar? ¿Ya no nos veremos más reflejados en nuestros ojos? ¿Perderé la sensación de tu piel al lado de mi piel, y tu brazo rodeándome en medio de la noche mientras te escucho respirar? ¿Perderás mi risa traviesa, mis manos y mi boca conociéndote y descubriéndote como niños que encuentran un tesoro?

¿Está todo tan perdido que ya no volveremos a encontrarnos? ¿Qué tan lejos están tus manos que ya no las encuentro entre las mías? ¿Y si comenzamos de nuevo? ¿Y si sonrío y te doy la mano y te digo mi nombre completo? ¿Y si compartimos una cerveza y anécdotas y nos besamos despacito?

Y si, simplemente, ¿nos miramos a los ojos y dejamos que el destino nos guíe?

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El clic…

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El mundo está lleno de corazones rotos, algunos parchados, otros congelados. El mundo está lleno de desamor. Mi corazón está fragmentado, y eso me lo dijo una psicóloga. Hace tiempo un lobo devoró parte de mi corazón y quedaré para siempre mutilada, deberé aprender a vivir con ese vacío, porque el corazón no se regenera.

Sin embargo, existe algo que yo denomino “clic” y es cuando vas caminando por la calle, sin ninguna expectativa, con tu corazón hecho pedazos y, de repente, al levantar la vista, está ahí… el clic. ¿Cómo podría definirlo? No sé, simplemente te ves en los ojos de otra persona y algo cambia, tus fragmentos vibran, no se unen, el amor no nace así, pero vuelves a sentir un cosquilleo que te electrifica, como un magnetismo que te llena de vida, sin importar quién es o qué hace. Sólo vuelves a latir, todo tú, completo, en un santiamén.

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Tus manos…

En la fotografía sostenías un libro con tu mano izquierda, de hecho, el encuadre abarcaba el libro y un fragmento mínimo de tu mano, pero suficiente para darme cuenta de cuánto extraño tus manos, esas manos grandes que envolvían las mías cuando caminábamos por la calle. Extraño tocar tus manos y sentir mi piel rozar tu piel. Extraño sentirte cerca y colgarme de tus brazos entre jugueteos. Extraño tu risa y hacerte cosquillas para que tus manos aprieten las mías con fuerza.
Extraño mirar tus manos y encontrar caricias en ellas, encontrarme en tu mirada y perderme en los sueños que compartimos.
Extraño saber que abrirás las puerta y extraño oír tus pisadas por la casa, extraño abrazarme a tu pecho y escuchar tu corazón, yo me enamoré de ti escuchando tu corazón, ese que perdí una madrugada, no sé cuál, pero tuvo que ser una madrugada, porque las madrugadas siempre me arrancan lágrimas…

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Para siempre…

Nuestra historia terminó como en esos libros románticos que me gusta leer, pero sin final feliz, porque –como a Emma Bovary– me alcanzó la realidad y me aplastó, con delicadeza, eso sí, para que sintiera el peso, siempre el peso, de lo que no será. Para que me quedara claro que nunca podré volar.
No hubo un para siempre, ni una promesa siquiera de volver a vernos. Las promesas no sirven de nada, si no van a cumplirse y yo simplemente no podía prometer nada. Caminamos una última cuadra tomados de la mano, apretados el uno contra el otro, en silencio, oyendo el ruido del tráfico sobre la avenida. Una cuadra que me pareció muy breve, no quería soltarte, no quería llegar a la esquina, no quería… Pero no había más camino que recorrer juntos, así que sólo tomé tu rostro con mi mano derecha y murmuré un “te voy a extrañar”, después te di un beso, no fue un beso apasionado, fue un beso en el que volqué lo que quedaba de mi amor. Necesitaba tocar tus labios para guardar el sabor bajo mi lengua.
Así se acabó una historia, y caminé con mi cabello rojo al viento enjugándome las lágrimas con el dorso de la mano y un adiós clavado en la garganta. Las gotas de lluvia resbalaban por mis brazos desnudos, pero en mi cabeza sólo sonaba la frase: “Si se acaba la gasolina, me muero”. La gasolina se me había acabado. Sin darme cuenta, sin pensarlo, sin estar consciente de que el corazón me había dejado abandonada en un desierto. Me detuve a mitad de la calle y miré mis manos. Entonces lo supe, extrañaba tus manos, su sensación de seguridad, tus dedos finos, con ese anillo que te hacía mío. Extrañaba rozar tus manos, sentir tu piel en mi piel, a través de tus manos. Pero ya no llevabas el anillo esa última vez que te vi; el vínculo estaba roto, aún así, tomé tu mano y me abracé a ti para caminar con la auténtica sensación de estar unidos, aunque fuera por un breve tramo, por una calle que recorrimos mil veces y que ahora adquiría un nuevo significado.
Estaba sola, de pie a media calle, abrazando recuerdos en medio de las ruinas de nuestra historia y una lluvia de primavera mojando mi cabello. El mundo se había derrumbado a mi alrededor y yo me había quedado apaciblemente sentada mirando el caos. Se me acabó la gasolina y no estaba muerta. Cómo seguir caminando con el corazón congelado entre las manos, con la boca llena de te amos insípidos y devastadores. Cómo seguir.
Las lágrimas se derramaban por mis mejillas, humedecían mis labios y me ardían los ojos. En ese instante sólo me quedaban lágrimas y soledad en una libertad no pedida.
Cerré los ojos, mientras la brisa me rasgaba la piel. Quería desaparecer, caer petrificada. Abrí los ojos y miré el paisaje frente a mí… Era tiempo de iniciar otra historia, aunque el roce de tu piel en mi piel quedara impregnado para siempre…

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Cazadora de destinos, un experimento…

portada3bMi blog, a lo largo de los años, ha pasado del drama a las manualidades, de discusiones sobre el uso del Metro y a escritos literarios. Así es la vida o, más bien, así es mi vida. Alegrías, tristezas, muchos temas, muchas ideas. Hace un tiempo, un amigo –que ya no se encuentra entre nosotros– me comentaba que mi blog se había convertido en un sitio de “revista” y tal vez tenía razón, pero me gusta hablar de muchas de las cosas que pasan por mi cabeza, sin encasillarme en un estilo, y pues entre esas cosas se encuentran, como siempre, las letras.

Actualmente me encuentro escribiendo mi primera novela, sí, ¡por fin me animé! Es una novela de vampiros, con un poco de drama, con personajes que, espero, los atrapen en este recorrido. Decidí dejar de obsesionarme con el tema perfecto, y mi gran amor por Houellebecq, y permitir que esta historia fluyera, darle la oportunidad de navegar en mi mar de letras, ojalá no naufrague a la mitad…

La estoy publicando por capítulos en la plataforma Wattpad, voy en el capítulo 4 y les dejo a continuación el link, por si quieren adentrarse en la lectura.

Cazadora de Destinos

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La evolución de Tokio Hotel…

El tiempo pasa y de eso no hay duda, sin embargo, cuando de pronto te caen los años encima, como si se tratara de las flores de una jacaranda en un día de viento, pareciera que se detiene para que puedas sentir la fuerza de su impacto.

Conocí a Tokio Hotel por ahí de 2007. El primer disco que escuché de ellos fue Scream. Me llamaron la atención, más que por su asociación al visual kei y la apariencia andrógina del vocalista, Bill Kaulitz, porque empezaron su carrera musical a los 7 años. Aunque su estilo estaba cargado hacia el pop-rock, el género no le quita mérito a su trabajo. Su música me pareció no sólo original para tratarse de unos chiquillos alemanes de escasos 18 años, sino bien hecha y por completo alejada del concepto “boy band” que ataca a los adolescentes. El tema “Monsoon” me encantó y sonó durante algún tiempo en mi iTunes.

TH
Los años pasaron y ayer, buscando información para la sección de entretenimiento del semanario en el que trabajo, vi que Tokio Hotel se presentaría en la Ciudad de México con un nuevo disco: Kings of Suburbia. Al buscar imágenes para ilustrar la nota descubrí que los chiquillos dejaron de serlo, ahora son unos jóvenes altos, tatuados y hasta modelos.

La curiosidad me atacó y busqué el material en Spotify. Para mi sorpresa, Kings of Suburbia –lanzado en octubre de 2014– es un gran disco en el que se aventuran a mezclar géneros. Este álbum navega entre el alternativo, el pop y la música electrónica, es un disco pegador, mas no digerible. Se puede apreciar una grata evolución vocal, por parte de Bill Kaulitz, quien ha perdido el matiz de “niño” para darle paso a una voz mucho más trabajada. En cuanto a la parte interpretativa, Tom Kaulitz (guitarra), Georg Listing (bajo) y Gustav Schäfer (batería) nos demuestran gratamente que han crecido, y no sólo en estatura. La ejecución en sus respectivos instrumentos deja claro que no sólo llevan más de 10 años tocando, sino que continúan aprendiendo y puliendo su estilo.

Tokio Hotel

Kings of Suburbia conserva la esencia inicial de Tokio Hotel, pero tiene un toque de madurez tangible, sin apartarse de lo bailable y divertido, en cuanto a música se refiere. Asimismo, la banda ha apostado por una imagen más adulta y hasta ruda, sus videos exploran el sexo, la homosexualidad, los vicios, las drogas, sin embargo, más que tratar de utilizar estos recursos para generar morbo y atraer público, lo hacen de una manera natural, como parte de su evolución y con el fin de contar una historia, sin perderse en el mero uso de imágenes impactantes… Vale la pena seguirle la pista a Tokio Hotel y dejarse atrapar por su propuesta.. Ah, y festejar que Bill ha dejado de parecerse a Belinda…

Un poco de historia

A la edad de diez años, Bill y Tom Kaulitz comenzaron tocando en vivo en pequeños lugares. Cuando cumplieron los 12 años, se encontraron con Georg Listing y Gustav Schäfer, quienes les hicieron una oferta a los gemelos para formar una banda.

El grupo fue fundado en 2001, en Magdeburgo, Alemania, bajo el nombre de Devilish (Diabólico), aunque lo cambiaron a Tokio Hotel tras firmar en 2003 con la disquera Sony, sin embargo, su primer álbum, Schrei, se editó finalmente en 2005, con Universal.

En junio de 2007 publicó un álbum en toda Europa en inglés, titulado Scream, con el fin de poder entrar en el mercado de habla inglesa. El álbum contiene las versiones en inglés de sus discos Schrei y Zimmer 483. “Monsoon”, la versión en inglés de “Durch den Monsun”, fue el primer sencillo. A partir de entonces el grupo ha grabado versiones de sus temas en ambos idiomas.

 

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El día en que la Felicidad se acabó…

Vela



Hace unos meses sucedió algo que me dejó helada, desde entonces he estado reuniendo el valor o el coraje, o como sea que se le llame, para relatar esta historia. Fue como si cayera sobre mí un balde de agua fría, sí, suena a cliché o a reto estúpido de famosos, pero es lo que sentí.

Se preguntarán: ¿qué pasó? Pues todo, nada, sólo pasó. Felicidad abandonó este mundo. Sí, mi Felicidad de ojos ámbarmiel se apagó en un segundo, de una forma inesperada. Un día simplemente supe que esos ojos ámbarmiel no volverían a mirarme j-a-m-á-s. Así de simple, así de drástico. Nunca más aparecería un inbox con un “Lunave”, sin más mensaje. Se acabó, se fue.

Cuando me enteré no supe qué decir, qué hacer o qué pensar. Hubo extraños rumores, muchos mensajes… Todo fue un caos eléctrico que, poco a poco, por debajo de la piel, me llenaba de quemaduras; los recuerdos me ardían, se volvían llagas en mis entrañas. ¿Qué pasó después? Llegó la calma, la claridad. Un accidente, sin más explicaciones. Sin razones, sin culpables. Felicidad ya no estaba, aunque su esencia flotara entre imágenes llenas de risas y canciones que no olvidaré.
Felicidad. Siempre feliz, siempre sé feliz. Felicidad nos dejó vacíos, y me atrevo a hablar en plural porque no sólo me quedé yo abandonada en el desierto de sus bromas y sus bailes, de su risa estereofónica, hubo más, muchos y muchas más. Felicidad siempre tuvo amor para todos los que lo rodeaban. Así era el flaco.

Hoy escucho viejas canciones y evoco momentos tan precisos que pudieron haber pasado ayer. Me veo reflejada en su mirada y escucho sus anécdotas de amor y desamor, lo escucho cantar “Toda la vida” y me río sola, como boba. Recuerdo los conciertos, las escapadas, los regaños… Te quise, condenado. Mi Felicidad tan volátil, tan versátil… Pinche felicidad, seguro en esa otra dimensión –a donde llegaremos todos– ya traes tu desmadre, no lo dudo.

Brindo por ti, por nosotros, por el osito, por los delfines… Vámonos al azul, Felicidad, que es color de nuestros sueños.

Duerme amor,
el fuego alrededor.
Es la luz,
de los que ya no están…

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El embate del tiempo…

Fumando...

A veces me pregunto qué será de mi pasado, dónde habrán quedado tantos sueños que ya ni siquiera recuerdo. Vivo en un mundo de imágenes que se desvanecen con el crujir de las hojas secas cada otoño. Me pregunto dónde estás, qué fue de ti.

Cierro los ojos y aún recuerdo el tacto de los abrazos, pero he olvidado el color de tus ojos, el sabor de tus besos y el aroma de tu piel. Mi memoria no resistió, como yo suponía, el embate del tiempo.

Las noches se han vuelto todas iguales, la única diferencia es la luna, ella va y viene a placer. Este cielo, más estrellado sí, pero menos cabalístico, me deja con la cabeza revuelta y llena de mareos.

Volví a los cuentos, he decidido hacer un libro. Pero las preguntas se agolpan en mi garganta y me cuesta insomnio continuar escribiendo.

Kyo se ha ido, pero guardo la esperanza de volver a encontrarnos en alguna otra dimensión. Jamás perderé la ilusión de mi propio cielo gatuno.

Los recuerdos se borran de mi memoria lentamente, así que he decidido atraparlos con fotografías… Fotografiaré la noche, para no olvidar cuando la luna que mirábamos nos devolvía la sonrisa…

Foto y texto: Léth Zwittag.

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Cinemagraph. Primer ejercicio.

Pam6

Modelo: Pamela Vasco.



Las imágenes me atrapan, y ahora quise experimentar con esta mezcla de foto fija y video. Es mi primer ejercicio y lo comparto con ustedes.

 

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Casualidades que cortan como cuerdas de piano…

Imagen de: Laura Reyes Pradas

                                                                           Imagen: Laura Reyes Pradas

 

A veces las casualidades tocan a la puerta o silban, muy quedito, por la ventana. Pareciera que sí existe eso del drama y el amor “para siempre” cuando descubres que hay hilitos que te unen a ciertas personas, hilitos tan delgados y poderosos que son como mortales cuerdas de piano.

A veces, sin querer, por casualidades absurdas de la vida, tropiezas con esas cuerdas y la herida suele ser profunda, te envuelven los recuerdos y los sentimientos se agolpan bajo los párpados y quieres dejar de sentir en un santiamén, pero no encuentras el switch de tu piel, porque, en mi caso, duele la piel más que el alma.

Nunca entendí el amor ni el apego que se genera ni la dependencia. Yo he amado con intensidad y necedad y drama, sobre todo drama. Siempre me identifiqué con Emma Bovary y esa eterna búsqueda del amor literario, intenso y enloquecedor. El problema es cuando lo encuentras y efectivamente enloqueces y te rompes y permites que esas cuerdas de piano naveguen, difusas, en tu memoria. Cuerdas que te rasguñan de vez en cuando con vínculos que podrían parecer irrisorios y aparecen en los lugares más ridículos y, por lo tanto, obvios.

Esas casualidades que te parten por la mitad y luego te reconstruyen con aguja de canevá e hilo para bordar.

Ana, en Los amantes del círculo polar, dice: “Estar enamorada no es fácil. No basta con desearlo, hay que oírlo”. Cuando escuché esta frase, y miré a la protagonista recostarse sobre el pecho de su amado, sentí un escalofrío, porque así me enamoro yo, con los latidos del corazón, y son tal vez esos latidos los que tejen, con toda la intención, esos hilillos que parecen insignificantes, frágiles e inofensivos, pero que dejan profundas cicatrices.

Sin embargo, a veces, no queda más remedio que echar alcohol a la herida y seguir tu camino. Sí, arde un rato, duele mucho, pero es mejor que dejar escapar recuerdos que pueden ahogarte mientras duermes…

 

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